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La dictadura de Videla censura a un humorista que parodiaba a Borges por "atentado a la cultura argentina y al prestigio del escritor"


El 2 de julio de 1981, el recién creado Comité Federal de Radiodifusión (COMFER) prohibió que el popular humorista Mario Sapag volviera a realizar las imitaciones de Jorge Luis Borges que rompían todos los ratings cada semana a la hora del esperado Operación Ja-Ja de Canal 13. 

Ante la censura impuesta por el organismo de control de contenidos de la dictadura gobernante, el cómico Sapag debió abandonar su parodia de Borges, pese a que este último no había mostrado ninguna objeción ni reclamo. ¿Y por qué entonces la repentina censura de algo que entretenía a todas las familias argentinas y no molestaba ni siquiera al imitado?

El fundamento oficial comunicado por el Gral. Rodolfo Emilio Feroglio a cargo del organismo fue que se trataba de un atentado a la cultura argentina y al prestigio del escritor. La palabra atentado tenía resonancias suficientemente atemorizantes por esos tiempos y nadie acusado de semejante conducta se atrevía a desafiar el poder dictatorial sin temer por su seguridad. Pero, ¿realmente se podía enrostrar al humorista un atentado a la cultura y al prestigio de Borges? ¿No era un disparate dentro de los límites de la propia represión, rayano a lo hilarante?

Las repercusiones del levantamiento de las imitaciones de Borges llegaron a todos los medios. Era insólito, aún en plena dictadura, que la censura alcanzara a lo más trivial y familiar. Ni de Borges ni de Sapag se podían sospechar ideologías izquierdistas, ni siquiera progresistas y mucho menos justicialistas o sindicales en el caso del escritor, reconocido conservador. Además, los sketchs cuestionados eran harto inocentes y de guion elemental. Pero el COMFER acababa de ser creado y el militar a su cargo deseaba mostrarse como el Gran Censor.

En el Nro. 521 de la revista Somos, aparecido el 10 de julio de 1981, encontramos las entrevistas hechas por el periodista Raúl García Luna a imitador e imitado, previa reseña del escándalo del momento.

“El 2 de julio, como todos los jueves a las 21, los seguidores de Operación Ja-Ja sintonizaron Canal 9. Pensaban reírse durante una hora y media con Los chetos, la Pequeña galería de tipos molestos, la peluquería de Porcel y los reportajes de Minguito y El Preso. Y también esperaban las imitaciones de Mario Sapag: José Gómez Fuentes, Narciso Ibáñez Menta, Guillermo Nimo, Sergio Villarruel y Jorge Luis Borges, plato fuerte del sketch. Cada personaje tuvo su carcajada (o no), pero el del escritor faltó a la cita. ¿Qué había pasado? La noticia corrió por los pasillos del canal y salió a la calle: el COMFER (Comité Federal de Radiodifusión) prohibió la imitación de Borges porque resulta 'un atentado al patrimonio cultural de la Argentina'. Palabras del general Roberto Emilio Feroglio, titular del COMFER, que agregó: 'Borges ha sido y es un dignísimo embajador de nuestra cultura en todas partes del mundo, y la función de este organismo es respetar a la audiencia, pero también hacer respetar a la audiencia, pero también hacer respetar a las personalidades que honran al país'. Poco después, Mario Sapag y el autor de El Aleph dieron su opinión a Somos, que también entrevistó a varias personalidades del ámbito cultural para ilustrar el caso. En cambio, ese contacto no fue posible con el titular del COMFER, quien aclaró al cronista que estaba dispuesto a hablar sobre otros temas, pero no sobre esta medida en especial.

Borges dixit

-¿Conocía la imitación de Sapag antes de la prohibición?
-Sí. Mis amigos, que ven televisión, me contaron que existía y que era bastante buena. Que no había nada malicioso en ella, esas cosas...
-¿Quiere decir que no le molestaba?
-De ninguna manera, vea. Si ese buen señor se empeñaba en parecerse a mí una vez por semana, si ése era su trabajo, ¿por qué me iba a molestar? En todo caso tendría que sentirme halagado: no se hacen imitaciones a cualquier Juan de los Palotes. En fin, tampoco quiero decir que uno sea tan importante como para que lo imiten. Para mí es un honor.
-¿Qué opina de la medida del COMFER?
-Una pavada. Este ya parece el país de los funcionarios públicos, un país donde la burocracia decide sobre cualquier cosa en lugar del ciudadano. Me parece una medida absurda.
-¿Está en contra todo tipo de censura?
-Si se usa contra la pornografía y el mal gusto, no. Pero éste no es el caso. El Estado no puede andar metiéndose en todo y con todos. Hay cosas más importantes y urgentes de qué ocuparse, pienso. Pero parece que me equivoco, porque los funcionarios argentinos andan enredados en la intimidad ajena. Lamento haberle ocasionado esta molestia a Sapag. Ni él ni yo tenemos la culpa de toda esta banalidad.

Sapag dixit

-¿Qué opina sobre la actitud del COMFER?
-Nada. Es una disposición de las autoridades y listo. Yo soy solamente un trabajador y por lo tanto mi obligación es acatarla. Eso es todo.
-¿Y las declaraciones que hizo ante algunos medios gráficos?
-Yo no hice ningún tipo de declaraciones ni las quiero hacer.
-En esas declaraciones usted habría dicho que encaró su imitación de Borges con mucho respeto y que no imitaba a nadie sin admirarlo...
-Le vuelvo a repetir: no hice ningún tipo de declaraciones...
-...hasta este momento. Otra cosa: ¿No perjudica a su carrera la prohibición de un personaje que ya había alcanzado repercusión pública?
-Mire, si no hago más este personaje, ya haré otro. Mi fuerte son las imitaciones, y en ese campo hay suficiente tela para cortar.
-Anteriormente hubo problemas con el Menotti-triste. ¿Se quejó algún otro de sus imitados: Villarruel o Ibáñez Menta, por ejemplo?
-No, no, ninguno se quejó nunca. Y no quiero hablar más del asunto.”


Las respuestas de Sapag evidenciaron que estaba verdaderamente atemorizado y que su respetuosa voluntad de no opinar excedía al correcto acatamiento de una medida. No se supo entonces, al menos públicamente, si ese miedo había sido reforzado de algún otro modo. Lo cierto es que Mario Sapag calló tanto como su parodiado Borges.

Recién tras el regreso a la democracia Sapag pudo volver a poner en escena sus parodias de Borges, que llegaron al año 1985. Los absurdos motivos de la inicial censura y el temor infundido entonces en el imitador no terminaron nunca de disiparse. Tampoco se explica que el organismo censor haya persistido en funciones por más de veintiocho años, hasta que en en diciembre de 2009 se derogara la ley de la dictadura que lo había creado. Pero esa es otra historia.


FLORENCIA GIANI, Revista Somos, Nº 521, 10 de julio de 1981, extraído de Borges todo el año (AQUÍ)

Borges se pone en manos de un doctor para curar su impotencia sexual aparente


El doctor Cohen-Miller me dijo lo siguiente:

Borges distaba mucho de ser impotente, pero en el plano físico era víctima de una exagerada sensibilidad, un temor al sexo y un sentimiento de culpa. La excesiva sensibilidad podía irse normalizando con el andar del tiempo, a medida que él se adaptara a los hechos reales; el miedo iba a desaparecer por el matrimonio, que también aliviaría considerablemente la sensación de culpa. Para llegar a una relación normal lo mejor para Borges era casarse, ya que el matrimonio era un elemento importante en el contexto de su culpa.

Más adelante me relató una penosa experiencia de Borges en su primera juventud: en Ginebra, cuando tenía dieciocho o diecinueve años, Borges era un adolescente sensible, con dificultades de visión y de elocución. Alarmado por la timidez de su hijo, Jorge Borges preguntó a Georgie un día si había tenido ya contacto con una mujer. La pregunta, como he dicho, era casi normal en esa época. Georgie contestó que nunca había estado con una mujer. Como muchos otros caballeros argentinos de su generación, el señor Borges pensó que la situación debía solucionarse cuanto antes. Su hijo estaba retardado en el calendario. Del mismo modo que la virginidad de las mujeres debía guardarse a cualquier precio –un precio que incluía el onanismo, las prácticas lésbicas, la sodomía–, los varones debían iniciarse lo más pronto posible. Georgie había sobrepasado en varios años la edad establecida.

El señor Borges dijo a su hijo que él iba a tomar el asunto en sus manos. Tal vez el fantasma de la homosexualidad cruzó por su mente, llenándola de pánico, impidiéndole comprender que lo que estaba planeando en ese momento estaba más cerca de la homo que de la heterosexualidad. Era un gesto para los hombres, una demostración ante ellos de que uno pertenecía al clan de los varones. No era un gesto para acercarse a las mujeres, sino un acatamiento del mundo masculino y sus exigencias. Seguramente se mostró severo. Tal vez reprochó a su hijo el largo tiempo que se había tomado en asumir su virilidad. Cohen-Miller creía que el padre se había mostrado apremiante. Estaba muy bien vivir en las nubes, interesarse en los libros y en los arcanos del universo, pero ante todo un hombre tiene que ser un hombre. Y, para los sudamericanos, no hay más que una manera de probar la hombría. Por otra parte, ¿cómo era posible que Georgie no hubiera reaccionado ya ante las presiones que exigen la desfloración de un adolescente en un lupanar? ¿Cómo era posible que Georgie no se sintiera incómodo por su desajuste ante la sociedad? Los tropismos tribales de la llanura a la cual se llega por un río “de sueñera y de barro” se imponían una vez más. Una cosa es lo que se lee en los libros; otra es la realidad. Hacia 1920 había escritores, libros, movimientos que se oponían a la profundas verdades viscerales de las pampas. Pero no había que tomarlos en cuenta. Eran un ornamento, algo que demostraba la cultura y el refinamiento de los argentinos, pero no eran la verdad. La verdad era la iniciación forzada, el movimiento mecánico del macho trepado al cuerpo de una hembra alquilada, el rencor implícito y el desprecio a esa mujer por ser mujer.

De tal modo que, con este enredo dentro de su confundida alma, el señor Borges anunció a su hijo, pocos días después, que había encontrado la solución para su caso. Le dio una dirección y le dijo que debía estar allí a una hora determinada. Una mujer le estaría esperando.

Georgie salió a pie, como ya era su costumbre, para considerar la situación y llegar al lugar del modo más natural, sin apremios ni presiones. Estaba abrumado por los reproches de su padre. Tal vez en Georgie, normalmente tan sometido, se produjo una oscura rebelión de la carne contra el acto que le imponían; tal vez la certeza del fracaso estuvo en él antes del fracaso. Tal vez ese fracaso haya sido su manera de oponerse a lo que rechazaba hondamente en su alma y sus entrañas. En todo caso, una idea le cruzó la mente: su padre le había ordenado acostarse con una mujer que él, Georgie, no conocía. Si esa mujer estaba dispuesta a acostarse con él era porque había tenido ya relaciones sexuales con su padre. Esta clase de favor íntimo –aunque se trate de una prostituta– no puede pedírsele a nadie con quien no se tengan contactos íntimos. Su razonamiento fue lógico y preciso; tal vez no haya sido cierto, pero fue lo que él creyó. Él no tenía ninguna duda al respecto.

Llegó a la casa, vio a la mujer y, como era natural, no pasó nada.

Aparte de la brutalidad del hecho escueto –suficiente para provocar impotencia en un adolescente de sentimientos delicados–, allí estaban las imágenes que surgían en su mente. La mujer que se le ofrecía era una mujer que él iba a compartir con su padre. La reacción de su cuerpo y su alma fue natural. Éste era su “destino sudamericano” de fracaso y de muerte, como habría de decirlo en su célebre Poema conjetural, donde tantas cosas acechan entre líneas. También fue, sin que él lo supiera, una protesta, un desafío. Demostraba así que él, Jorge Luis Borges, era diferente, que a él había que aplicarle otros cánones.

Pero esto quedó ahogado en algún repliegue de su mente, oculto en el centro del laberinto. Lo que salió de aquí, ruidosamente, fue la más humillante de las palabras: impotencia. Nadie pensó –pese a que las teorías y los métodos de Freud estaban ampliamente difundidos esos días– en los aspectos puramente psíquicos del problema. Sus padres pensaron, con la habitual grosería de esa generación materialista, que estaban ante un caso de deficiencia física. Tónicos, reconstituyentes, medicamentos le fueron dados para fortalecerlo; tenía un hígado débil... ¿No sería el hígado la causa? En consecuencia, se le hizo un tratamiento por deficiencia hepática. Era una falla del cuerpo, no un repliegue del alma.

Quedó doblemente humillado. No había podido cumplir la orden de su padre; era un incapaz, un impotente.

Ya he dicho que no era esto lo que pensaba el doctor Cohen-Miller. Con la manera cruda y directa de los médicos al tratar estos temas, me dijo: “Creo que si esto se arregla, y si usted colabora, se va a arreglar, tendrá usted hombre por muchos años.”


ESTELA CANTO, Borges a contraluz, Espasa, Madrid, 1989, págs. 114-117.

La fijación de Ernesto Sabato con Borges


A Sabato le parecía entonces y le pareció siempre, en todo caso, que el reconocimiento que recibía de la tribu literaria, española y mundial, era escaso, y que ese artículo de Conte, que obviamente no le podía albergar porque Sabato seguía, y sigue, vivo, es una muesca más de esa injusticia que a él le afectaba reiteradamente.

Al contrario de Jorge Luis Borges: él creía que a Jorge Luis Borges le abrazaban, le querían, pero que a él le despreciaban, le ninguneaban, él se consideraba, entonces también, un perseguido por la más sutil de las injusticias, la injusticia literaria. Si hubiera un nombre para una enfermedad visible de Sabato ésta sería envidia de Borges. Al revés no ocurrió, pero en el caso de Sabato esa envidia era visible, le irritaba Borges, le irritó siempre.

En algún momento de nuestras conversaciones, algún tiempo después, cuando regresó a Madrid y se quedó en el hotel en que ya se quedaba habitualmente, el hotel Zurbano, se me acercó al oído y me dijo, como si confiara un secreto:

—¿Usted sabe por qué Borges es tan mala persona?

Le respondí que desconocía ese extremo, y él siguió, con el mismo aire de confidencia:

—Ya lo sabrá, ya lo sabrá.


JUAN CRUZ RUIZ, Egos revueltos, Alfaguara, Madrid, 2010, pág. 343.


Las desventuras de Borges con las mujeres


Marzo [1950].
Estela quería que Borges se acostara con ella. Una tarde, en la calle, se lo dijo brutalmente: “Nuestras relaciones no pueden seguir así. O nos acostamos o no vuelvo a verte”. Borges se mostró muy emocionado, exclamó: “Cómo, ¿entonces no me tenés asco?” y le pidió permiso para abrazarla. Llamó a un taxi. Ordenó al chofer: “A Constitución” y agregó, para Estela: “Vamos a comer a Constitución. We must celebrate”.

Borges estaba muy enamorado de Silvina Bullrich. Un día, ésta le preguntó: “¿Qué hiciste anoche, cuando volviste del Tigre?”. Borges: “Fui caminando a casa, pero pasé frente a la tuya; tenía que pasar frente a tu casa esa noche”. Silvina le preguntó a qué hora había pasado. Borges: “A las doce”. Silvina: “A esa hora yo estaba en mi cuarto, en mi cama, con un amante”.


ADOLFO BIOY CASARES, Borges, Destino, Barcelona, 2006, pág. 49.

La pregunta del joven Vargas Llosa que molestó a Borges


Por tratarse de un hombre que consideraba el universo como una biblioteca y que confesaba haber imaginado el Paraíso «bajo la forma de una biblioteca», el tamaño de su propia biblioteca era toda una decepción, tal vez porque él sabía, como dijo en cierto poema, que el lenguaje únicamente puede «simular la sabiduría». Los invitados a su casa esperaban hallar un sitio atiborrado de libros, estantes llenos, pilas de volúmenes bloqueando las puertas, sobresaliendo de cada recoveco, una jungla de tinta y papel. Por el contrario, descubrían un ámbito en el que los libros ocupaban unos pocos rincones discretos. Cuando el joven Mario Vargas Llosa visitó a Borges a mediados de los años cincuenta, recorrió el lugar humildemente amueblado y preguntó por qué el Maestro no vivía en un sitio más grande y más lujoso. A Borges le ofendió el comentario. «A lo mejor en Lima hacen las cosas así —le contestó al indiscreto peruano—. Pero aquí, en Buenos Aires, somos menos devotos de la ostentación.»


ALBERTO MANGUEL, Con Borges, Alianza Editorial, Madrid, 2004