Había un centenar, y cubrían dos mesas, cada una a un lado de la cama: esferas de cristal que encerraban lagartos verdes, salamandras, ramos millefiori, libélulas, un cesto de peras, mariposas posadas sobre una fronda de helechos, remolinos de rosa y blanco y azul y blanco, brillando como fuegos de artificio, cobras enrolladas para atacar, ramilletes de pensamientos, magníficas poinsetias.
La afición a coleccionar pisapapeles que Colette contagió a Truman Capote
Había un centenar, y cubrían dos mesas, cada una a un lado de la cama: esferas de cristal que encerraban lagartos verdes, salamandras, ramos millefiori, libélulas, un cesto de peras, mariposas posadas sobre una fronda de helechos, remolinos de rosa y blanco y azul y blanco, brillando como fuegos de artificio, cobras enrolladas para atacar, ramilletes de pensamientos, magníficas poinsetias.
El retrato que hizo Truman Capote de Marlon Brando y que disgustó al actor
TRUMAN CAPOTE, fragmento de Autorretrato (1972), incluido en Los perros ladran, Anagrama, Barcelona, 1999, traducción de Damián Alou.
Las mentiras de Truman Capote
En aquel tiempo estaba haciendo un seguimiento de las mentiras de Capote. Dado que yo era el único que las encontraba ofensivas, ¿por qué habría de importarme? No lo sé, aparte de por un rechazo personal hacia los embusteros, no digamos hacia el mismo Truman. Jack Knowles, quien más tarde sería vecino de Truman en Long Island, me dice que Truman le había contado que se había enamorado de mí, pero que yo le había rechazado. "Con mucho, una de sus mejores invenciones hechas en el calor del momento", le dije a Jack.
La frase de consuelo que le dirigió Gide a Truman Capote
El anciano era André Gide, y los dos estábamos sentados sobre un dique, desde el que nos asomábamos a las movedizas profundidades azul fuego de un mar antiguo.
Junto a nosotros pasó el cartero. Como era amigo mío, se me acercó y me entregó varias cartas. Una de ellas contenía un artículo literario que hablaba de mí en términos bastante hostiles (en caso contrario, claro está, nadie me lo habría enviado).
Tras oír mis quejas acerca del texto, y de la malsana naturaleza de los críticos en general, el gran maestro francés se encorvó, bajó los hombros como un viejo y sabio… ¿digamos buitre?, y dijo: «Bah. Recuerde el viejo proverbio árabe: “Los perros ladran, pero la caravana avanza”».
TRUMAN CAPOTE, fragmento del prefacio a Los perros ladran, Anagrama, Barcelona, 1999, traducción de Damián Alou.



