Cuando Thomas Paine ya era anciano, estaba enfermo y era pobre, con pocos amigos y muchos enemigos, conservaba tanto su ingenio como su mal humor. Un artista llamado John Wesley Jarvis, que visitaba a Paine, recordó esta historia.
La siesta después de comer seguía formando parte habitual de su rutina diaria. Una tarde, una anciana vestida con una capa escarlata llamó a la puerta y preguntó por él. Jarvis le dijo que estaba dormido.
—Lo siento mucho, porque tengo un interés muy especial en verlo —dijo la anciana.
Jarvis la llevó a la habitación de Paine y lo despertó. Paine detestaba que lo molestaran en aquellas ocasiones y miró con tal ferocidad a la mujer de escarlata que esta retrocedió uno o dos pasos.
—¿Qué quiere? —exigió.
—¿Se llama usted Paine?
—Sí.
—Pues bien, vengo de parte de Dios Todopoderoso para decirle que, si no se arrepiente de sus pecados y cree en nuestro bendito Salvador, Jesucristo, será condenado, y…
—¡Bah, bah! Eso no es verdad. A usted no la han enviado con semejante mensaje impertinente. Jarvis, haga que se marche. ¡Bah! Dios no enviaría a una vieja tan fea y necia como usted a llevar sus mensajes. Váyase fuera, y cierre la puerta.
HESKETH PEARSON, Tom Paine: Friend of Mankind, 1937, recogido por Donald Hall en The Oxford Book of American Literary Anecdotes, Oxford University Press, Nueva York, 1981, traducción de ChatGPT+ Maricrónica, pág. 16.
